Leganés,  Domingo, 25 de Junio de 2017
¿Del diálogo social a las alianzas socio-políticas?
lunes, 10 de agosto de 2009
Cinco son las razones que, a mi modesto entender, explican que no se haya llegado a algún tipo de acuerdo en el Diálogo Social.

La dificultad básica para el futuro del Diálogo Social proviene del hecho de que frente a los grandes retos (cómo hacer un mercado de trabajo más integrado, estable y favorable a la productividad del sistema, cómo salir de la crisis con más cohesión social, cómo construir un modelo productivo más moderno, sostenible y justo) las posiciones de las partes parecen, hoy por hoy, muy poco conciliables.

Es, seguramente, una pretensión exagerada tratar de identificar las causas que han llevado al fracaso del Diálogo Social sin haber vivido la negociación desde dentro. Pero por lo mismo que no es imprescindible haber estado muerto para discurrir sobre la muerte, tampoco debe ser un obstáculo insalvable reflexionar sobre el no nato acuerdo social tripartito sin haber tenido acceso a su cocina. Puede ser incluso, como magistralmente ha puesto en evidencia Javier Cercas en “Anatomía de un instante”, que la imaginación y las conjeturas fundamentadas sean tan o más esenciales que el dato y el conocimiento directo para el análisis cabal de un determinado suceso. Pertrechados de esta disculpa, vayamos al grano.

Cinco son las razones que, a mi modesto entender, explican que no se haya llegado a algún tipo de acuerdo en el Diálogo Social. La primera es que había pocas condiciones de negociación y menos de acuerdo. El histórico y ya fallecido dirigente sindical francés, André Bergeron, Secretario General de Fuerza Obrera durante muchos años solía afirmar que el diálogo social necesita “grano que moler”. Esto es lo que, en parte, ha faltado en este caso, aunque no sea la razón principal de que no se haya alcanzado pacto alguno. De un lado, las grandes medidas para afrontar la crisis – de saneamiento y sostén del sistema financiero y de relanzamiento de la inversión – ya se habían tomado. Y las que cabría tomar complementariamente no se podían definir y pactar en unas pocas semanas, en la idea de cerrar el acuerdo antes de las vacaciones de agosto. Menos aún cabía debatir en ese plazo algunas de las propuestas estructurales planteadas (aunque, como trataré de explicar, ese no era el principal elemento que las hacía inaceptables y, de hecho, innegociables). Si bien nada impedía alcanzar en ese tiempo un primer acuerdo que diera paso posteriormente a otras negociaciones y a otros acuerdos.

Por otra parte, el Acuerdo Interconfederal sobre Negociación Colectiva (ANC) ya lo había dinamitado con anterioridad la CEOE. De tal manera que los temas de negociación prácticamente quedaron reducidos a dos: aumentar las prestaciones de desempleo y reducir las cotizaciones empresariales a la seguridad social.

Tal simplificación de contenidos podría considerarse favorable para alcanzar un acuerdo, pero, en la práctica, lo hacía mucho más difícil. Básicamente porque la contrapartida – bajar 5 puntos las cotizaciones empresariales o, de hecho, tres o dos puntos - exigida por la CEOE para llegar a un acuerdo inmediato era totalmente subversiva. Primero porque no hay ningún estudio que demuestre que una medida de este tipo cree realmente empleo. Menos aún realizada de forma indiscriminada y sin condicionarla al mantenimiento y a la creación de empleo. Segundo, porque las cotizaciones sociales son salario diferido y sólo pertenecen a los trabajadores. En tercer lugar dado que cada punto de cotización empresarial, sólo en el régimen general de la SS, supone más de 2.500 millones de euros. Muchísimo dinero sólo para hacerle un regalo a la patronal. En cuarto lugar, tratar de compensar esa reducción de ingresos por incrementos del IVA tropezaba con varios inconvenientes: algunos sectores de la CEOE, como el de grandes almacenes, eran netamente contrarios a la misma; por considerarla fiscalmente regresiva, tampoco la querían los sindicatos; además, es una medida que puede ser muy inflacionaria, dependiendo de la coyuntura económica el que lo sea más o menos. Y también porque algunos debieron pensar, sibilinamente, que poner en marcha nuevas fuentes de financiación de las pensiones de carácter fiscal distintas a la de las cotizaciones sociales iba, con seguridad, a dificultar el defender en el futuro la necesidad de proceder a nuevas contrarreformas y recortes en las pensiones públicas. Un razonamiento que explicaría, igualmente, que no se haya querido compensar una medida de ese tipo con una aportación del Estado ya que ello pondría en cuestión la sacrosanta “contributividad” del sistema. Esta es la segunda razón del fracaso: la naturaleza de la contrapartida que la CEOE ha demandado para acceder a la firma del pacto.

La siguiente causa tiene, creo, bastante que ver con Sigmund Freud. Con algo, en realidad, nada infrecuente en muchos ámbitos de la vida pública. En que la CEOE haya puesto tan alto y tan inmanejable precio a su aquiescencia ha tenido, en efecto, bastante que ver con la necesidad psicológica de su nueva dirección de conseguir lo que nunca había conseguido la mitificada presidencia y dirección anterior: en las cotizaciones sociales, en el despido, en la discrecionalidad empresarial para decidir sobre la modificación de las condiciones de trabajo…En algo que no tuviera precedentes y que dotara de aureola y prestigio a los nuevos dirigentes.

El cuarto motivo es el primordial para explicar el fracaso de las negociaciones. La CEOE ha puesto sobre la mesa todos los ingredientes del arsenal de su fundamentalismo ideológico. Y esta vez de manera formal y no sólo, como en otras ocasiones, instrumental. En este caso no se trataba de presionar con lo máximo para recoger lo posible. Ahora tiene todas las trazas de que lo ha planteado para no retirarlo. Lo que, en mi opinión, hará inviable el diálogo social durante bastante tiempo.

¿Por qué hace esto la CEOE y por qué lo hace ahora y no en julio del año pasado cuando firmó la Declaración sobre el Diálogo Social sin poner esas condiciones? Son, entiendo, varios los considerandos que lo explican. De entrada porque ha perdido el miedo que le llevó a pedir un “paréntesis en la economía de mercado”. Ha constatado que la derecha no pierde la hegemonía ideológica y política en Europa y, en consecuencia, la CEOE está a la ofensiva. Además, pretende aprovechar esta crisis larga y profunda para tratar de conseguir contrarreformas que, en otras circunstancias, sabe que serían imposibles. Probablemente también porque piensa que está rodeada de aliados potenciales y reales: las instituciones internacionales que en todos los sitios y en todas las circunstancias siempre piden lo mismo; destacados responsables e instituciones cercanos al Gobierno, como el Banco de España, la Secretaría de Estado de Economía, cuyo titular ha firmado el manifiesto a favor del contrato único descausalizado, etc; la casi totalidad de los medios de comunicación (tan enfrentados en otras materias y tan poco peleados en estas). La CEOE debe considerar, igualmente, que la utilización que viene haciendo de la segmentación del mercado de trabajo (que son precisamente las empresas las que la crean al contratar como temporales a trabajadores que, conforme al espíritu de la ley, tendrían que contratar como fijos) coloca a la defensiva a los sindicatos. Seguramente también ha llegado a la conclusión de que ya no va a haber ningún pacto político entre los grandes partidos frente a la crisis y que, por lo tanto, no pueden esperar ver realizadas por esa vía, al menos en parte, sus pretensiones. Ya sólo pueden conseguirlas si gana el PP las próximas elecciones generales en base a explotar con demagogia y catastrofismo la gestión gubernamental de la crisis y las consecuencias sociales de la misma. La CEOE parece querer contribuir a ello de dos maneras: no dando balones de oxígeno al Gobierno y tratando de incorporar a la agenda programática de la oposición sus pretensiones básicas: eliminar a los jueces de los despidos, dejar en manos exclusivas de los empresarios las decisiones que afectan a la modificación de las condiciones de trabajo, abrir plenamente el campo de la intermediación laboral a las agencias privadas de colocación, residenciar, a efectos económicos, en las mutuas patronales y no en el INSS las altas por enfermedad, eliminar la autorización administrativa de los despidos colectivos.

En fin, el fracaso de la negociación ha puesto en evidencia que el modelo de Diálogo Social tiene que regenerarse para responder a situaciones y desafíos nuevos. La crisis ha puesto en el primer plano la enorme precariedad, volatilidad y el poco comparable porcentaje de empleo con bajos salarios de nuestro mercado de trabajo. Una realidad que es, además, negativa para la productividad del sistema económico. La salida de la crisis plantea, a su vez, grandes desafíos en términos de cohesión social. Y dar respuesta a los desafíos medioambientales exige cambios profundos en las formas de producir, de consumir, de distribuir. El gran reto al que nos enfrentamos en el medio y el largo plazo es el del cambio del modelo productivo. En este contexto, la dificultad básica para el futuro del Diálogo Social proviene del hecho de que frente a esos grandes retos – cómo hacer un mercado de trabajo más integrado, estable y favorable a la productividad del sistema, cómo salir de la crisis con más cohesión social, cómo construir un modelo productivo más moderno, sostenible y justo – las posiciones de las partes parecen, hoy por hoy, muy poco conciliables. No es un problema de líneas rojas o amarillas, ni de que haya cosas de las que no se pueda discutir. Se trata de que las partes no comparten un diagnóstico, ni tienen objetivos comunes, ni soluciones conciliables, salvo en cuestiones periféricas. No es, por ello, en absoluto descartable que el próximo futuro nos depare más alianzas tácitas entre la patronal y las fuerzas políticas de la derecha, y entre las organizaciones sindicales y el Gobierno y otras fuerzas de izquierda, que grandes acuerdos sociales.

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José María Zufiaur ha sido Secretario General de la Unión Sindical Obrera y miembro de la Comisión Ejecutiva Confederal de la Unión General de Trabajadores. Actualmente es Consejero del CES europeo, en representación de UGT. Forma parte de las secciones de Relaciones Exteriores y de Asuntos sociales y preside, dentro del CESE, el Observatorio del Mercado de Trabajo.



                    
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